jueves, 20 de octubre de 2011

SOBRE LA TRANSVERSALIDAD Y GÉNESIS DEL SENTIDO




Sobre la transversalidad y el génesis del sentido
Por: Francisco Espinel Correal
Profesor de la Escuela de Diseño Industrial
Universidad Industrial de Santander

Introducción
En el texto “Transversalidad del sentido y semiosis discursiva [1]”, el profesor Jean François Bordron plantea inicialmente cómo el uso de categorías gramaticales en semiótica, refuerzan la tendencia de la imposición de las lenguas naturales como centro de reflexión. En ella el sentido puede ser imaginado como una gran cordillera geográfica, en la cual sus diferentes macizos, más o menos importantes, entrelazan sus dominios al destacar el  lugar central que ocupa el lenguaje en la especie humana.

Dicho lo anterior, proponemos abordar y profundizar  en uno de los aspectos relacionados con el tema central tratado por Bordron: el sentido. Esta intención nos conduce por la ruta exploratoria de dos aspectos de interés: la génesis y la transversalidad. Para ello, se aborda  al filósofo Gilles Deleuze y su texto La lógica del sentido [2], quien propone y analiza  cuatro relaciones dimensionales que conforman el enunciado, donde la última  corresponde precisamente al sentido. En seguida se explora su génesis,  para reconocer de dónde viene el sentido,  lo cual permite establecer la existencia de una distinción y un orden en  sus diferentes niveles; para  finalmente hacer alusión  al  carácter transversal del sentido como una de las instancias de la función semiótica.


Cuatro relaciones distintas en el enunciado
Muchos autores están de acuerdo en reconocer tres relaciones distintas en la proposición [3] o enunciado [4]. La primera se denomina designación [5] o indicación: es la relación del enunciado con un estado de cosas exterior. El estado de cosas es individualizado, lo que  implica tal o cual cuerpo, sus mezclas, sus cualidades y cantidades, así como una variedad de relaciones. Ésta opera mediante la asociación de las palabras mismas con imágenes particulares, que deben representar el estado de cosas entre todas aquellas asociadas a la palabra;  en consecuencia, para tal o cual palabra en el enunciado, hay que escoger o seleccionar las que corresponden a una entidad dada. Dicho de otro modo, hay ciertas palabras en el enunciado que sirven de formas vacías para la selección de imágenes siempre, es decir, para la designación de cada estado de cosas; sería erróneo tratarlas como conceptos universales, pues al contrario,  tienen un papel de puros designantes o, como dice Benveniste, de indicadores formales. Por ejemplo, éstos, entre otros son: esto, aquello; el aquí, allá; ayer, hoy, etc. Los nombres propios también lo son, pero de una importancia especial ya que son los únicos que forman singularidades propiamente materiales.

La segunda relación en el enunciado corresponde a la manifestación [6]. Se presenta como el enunciado de los deseos y las creencias que corresponden a la proposición del sujeto que habla y se expresa. Deseos y creencias son inferencias causales, no asociaciones. El primero es la causalidad interna de una imagen con respecto a la existencia del objeto o del estado de cosas correspondiente; correlativamente, la segunda es la expectativa de este objeto o estado de cosas, en tanto que su existencia debe ser producida por una causalidad externa. La manifestación posibilita la designación y las inferencias surgidas al formar una unidad sistemática de la que se derivan las asociaciones. Es decir, de la designación a la manifestación, se produce un desplazamiento de valores lógicos representado por el Cogito o primera verdad conocida, donde  lo que interesa  no es ya lo verdadero y lo falso, sino la veracidad y el engaño. Un ejemplo de ello lo proporciona Descartes en el célebre análisis del pedazo de cera [7]; en su meditación, el filósofo no busca comprender de ningún modo lo que permanece en la cera, sino que muestra cómo el Yo manifestado en el Cogito funda el juicio de designación según el cual la cera es identificada.

Reservamos el nombre de significación [8] para la tercera relación en el enunciado. Se trata de la correspondencia de la palabra con las concepciones universales o generales y de las relaciones sintácticas con implicaciones de concepto que pueden remitir a otras proposiciones, capaces de servir de premisas a la primera. De este modo, la significación se define por este orden de implicación conceptual en el que el enunciado considerado no interviene sino como elemento de una demostración, en el sentido más general del término, sea como premisa, sea como conclusión. Cuando se habla de demostración, de forma general, se refiere a como la significación de un enunciado se encuentra así siempre en el procedimiento indirecto que le corresponde, es decir, en su relación con otros enunciados de los que es concluido o, inversamente, de las que posibilita la conclusión. Caso contrario sucede con la designación, cuyo proceder es directo.

El sentido [9] [10] es la cuarta relación considerada en el enunciado. Los estoicos la descubrieron con el acontecimiento: el sentido es lo expresado de la proposición, éste  se incorpora en la superficie de las cosas, como suceso puro que insiste o subsiste en el enunciado. De esta forma el sentido sería entonces irreductible a los estados de cosas individuales, y a las imágenes particulares, y a las creencias personales, y a los conceptos universales y generales. Los estoicos supieron decirlo: ni palabra, ni cuerpo, ni representación sensible, ni representación racional [11].  Incluso puede que el sentido fuera «neutro», completamente indiferente tanto a lo particular como a lo general, a lo singular como a lo universal, a lo personal y a lo impersonal.

Por otra parte,  Husserl denomina a esta relación como expresión y la distingue de las demás, luego, el sentido es lo expresado. Inspirado en las fuentes estoicas, el filósofo se pregunta por el “noema perceptivo” o “sentido de la percepción” y lo separa a la vez del objeto físico, de la vivencia psicológica, de las representaciones mentales y de los conceptos lógicos. Lo presenta como un inmutable, sin existencia física ni mental, que ni hace ni padece, sólo es puro resultado, pura apariencia. El estatuto del sentido es complejo, pues no existe fuera del enunciado que lo expresa, es decir, lo expresado no existe fuera de su expresión; por ello no puede decirse que el sentido exista, sino solamente que insiste o subsiste. Además, éste se atribuye, pero no es, en modo alguno, atributo del enunciado, es atributo de la cosa o estado de cosas; más no debe confundirse, de ningún modo, con el estado físico de las cosas, ni con una cualidad o relación de este estado. El atributo no es un ser, y no cualifica a un ser, puede considerársele como un extra-ser. Por ejemplo, el término verde puede designar una cualidad, una mezcla de cosas, una mezcla de árbol y de aire donde la clorofila coexiste con todas las partes de la hoja. El verdor, por el contario, no es una cualidad en la cosa, sino un atributo que se dice de la cosa, y que no existe fuera del enunciado que la expresa al designar la cosa. En conclusión el sentido es lo expresable o lo expresado del enunciado, y el atributo del estado de cosas.

¿De dónde viene el sentido?
La semiótica establece, ante todo, una relación concreta con el sentido. Cualquiera que sea el tipo de manifestación significante, éstos serán los objetos de sentido, realidades de las que se ocupa la semiótica. Dichos objetos constituyen el punto de partida y de anclaje de su práctica. Por otra parte, uno de los principios sobre los que descansa la disciplina, expresa que el mundo del sentido es inteligible para la semiótica y su objetivo es la descripción de las condiciones de producción y su comprensión. Las teorías del sentido son numerosas, no obstante hay un punto que es eludido en la mayor parte de ellas: ¿de dónde viene ese sentido? A menudo estas teorías parten del axioma de convencionalidad, el cual invoca un acuerdo previo a toda comunicación y la existencia de un código que se impondría, de modo imperativo, a los diferentes participantes del diálogo. El problema con esta concepción de carácter sociológico, está en que deja en la sombra todo lo que ha pasado antes que la convención  haya sido establecida. De modo que el problema puede reformularse interrogándonos ¿cómo emerge el sentido de la experiencia? Antes de responder, es adecuado tener presente ¿cómo puede anudarse un vínculo entre un sentido que parece no tener fundamento físico y los estímulos físicos provenientes del mundo exterior, estímulos que, como tales, no parecen tener sentido? En suma, ese problema – motivo de reflexión filosófica occidental – ha recibido dos tipos de respuestas: de tipo idealista y empirista. Abreviando el asunto, para los idealistas son conceptos que al estar en nosotros  hacen existir las cosas; para los empiristas, es la existencia de las cosas la que suscita en nosotros los conceptos. Existe una tercera respuesta, cuyo carácter matizado, puede calificarse de interaccionista. Ésta propone que el sentido proviene de una interacción entre los stimuli [12] y los modelos. Ello supone un movimiento doble que va del mundo al sujeto semiótico y de éste al mundo. En uno de los movimientos, los stimuli se aprecian a la luz del modelo del que se dispone; por ejemplo: un sujeto percibe un ser y lo clasifica dentro de la categoría viviente que ha elaborado, o en la categoría animal o más precisamente en la categoría “equino”. En el otro movimiento, es el modelo el que se modifica por los datos que proporcionan la percepción y la observación. Aquí el sujeto puede creer que todo lo que es animal y vive en el agua es un “pez”; pero al observar mejor se persuade que dicho “pez” – la ballena- presenta unas características que lo acercan a otras categorías ya construidas por otros, pero que éste no conocía, procediendo entonces a apropiar y construir nuevas categorías o subcategorías. Cabe señalar que el modelo insiste en  el hecho de que el signo emerge de la experiencia; su originalidad está en poner acento en la corporeidad del signo: nuestro cuerpo es una estructura física sometida a leyes biológicas, pero también es una estructura vivida que tiene una existencia fenomenológica.

Distinción y orden del sentido
Al tomar las consideraciones kantianas sobre lo bello y lo sublime, es posible constatar distintos niveles, como por ejemplo los de experiencia u operatorios y los de subjetividad. Tal diferenciación tiende a exhibirse en ritmos distintos, como puede suceder en el arte y la política. Esta disritmia se manifiesta, bien como conflicto, bien como explicación plana, horizontal, simplemente categorial, reduccionista o solamente sociológica. Sin embargo, en este análisis ha de permanecer invariable un motivo básico para la fenomenología: la indagación del sentido del mundo, la Sinnbildung [13], la constitución del sentido del mundo para el hombre a partir de la Sinnstiftung [14], el sentido institucionalizado, vivido en la instancia natural.

La distinción entre la universalidad eidética del mundo vivido y esta “otra universalidad”, no eidética y propiamente humana, la de la comunidad de los singulares a la que hace referencia Kant, nos conduce a la distinción entre sentidos de primer orden o nivel y sentidos de un segundo orden: sentidos intencionales y sentidos no-intencionales. Los sentidos de primer nivel corresponden a los saberes prácticos, instancias técnicas muy variadas que nos permiten desenvolvernos con una facilidad casi automática. No obstante, la humanidad apelará constantemente a sentidos más complejos; aquellos que denominó Kant de segundo nivel. Serán las instancias de la mitología, el arte y la filosofía. La articulación de estos niveles de sentido aparece como problemática y contradictoria.  Las instancias del segundo nivel, la mitología, el arte y la filosofía, resultarán inconmensurables entre sí. Serán instancias independientes que pueden coexistir y colaborar, pero también competir y ser fuente de conflictos. Sin embargo, la ciencia o la política aparecerán como instancias de sentido del primer nivel, es decir, ampliarán los saberes técnicos, prácticos, del primer nivel, aunque se configuren como teorías verdaderas. Únicamente pasarían al segundo nivel si se transformaran en el mito de la ciencia o en el mito de la política. Los sentidos del primer nivel serán indiferentes con relación a las instancias del segundo nivel, es decir, desde las instancias superiores se podrán compartir, sin ningún problema, estos saberes prácticos. Sin embargo, mientras que los sentidos del primer nivel pueden ser, en consecuencia, comunes a todos los humanos, los sentidos del segundo nivel los dividirán, y así se produce con ellos una segmentación de la sociedad.

Transversalidad del sentido
La definición del adjetivo “transversal” según el Diccionario de la Real Academia Española es: “Que se halla o se extiende atravesado de un lado a otro”. A menudo, la transversalidad se ha utilizado para calificar cuestiones que, por su naturaleza, no son susceptibles de ser tratadas en el ámbito de una única disciplina, dimensión o dominio.  Para el caso que nos ocupa, el sentido desde el punto de vista semiótico, establece su transversalidad cuando analizamos el recorrido que ofrece al partir de él mismo hasta concluir en la significación.

El sentido, entendido como dirección, actualiza por medio de la sensorialidad los objetos y situaciones vividas (presentidas /experimentadas) por los seres humanos. Es la materia primera, física, psicológica o social en la que un intérprete discierne una configuración intencionada de su entorno sensorial; es decir, es una presencia cuya dirección y tensiones sensibles producen un efecto de sentido abarcante en lo extero, intero y propioceptivo.

La segmentación del sentido en una unidad articulada entre un elemento de la expresión y uno del contenido, conduce a la producción del significado de una cosa para alguien. Así mismo, la significación se traduce como esa globalidad del efecto de sentido de un conjunto significante estructurado, por la cual ésta es más que una suma de significados. Esto es verificable al comprender cómo la estructura del plano de la expresión resulta de una experiencia en dispositivo de expresión asociado a un plano del contenido, es decir, semióticamente pertinente.

Finalmente, Bordron plantea cómo esa transversalidad  del sentido se evidencia en una dinámica semiótica que él denomina sentido de dirección o ajustamiento (término tomado de J. Searle). Así entonces, propone dos vías para ese sentido: del enunciado hacia el mundo, cuando se trata de volver nuestros enunciados conforme a la realidad y, del mundo hacia nuestros enunciados cuando se trata de volver esto conforme a los primeros. Bordron se interesa, sobre todo, en el ajustamiento entre la instancia de efectuación y el enunciado y entre la instancia de efectuación y la de horizonte.

Referencias

[1] Bordron, Jean François. “Transversalité du sens et sémiose discursive”,  en: Essais et Savoirs. Juan Alonso A. et al., Saint-Denis: Presses Universitares de Vincennes, 2006, p. 101-120.
[2] Deleuze, G. La lógica del sentido. Traducción Miguel Morey. Edición electrónica. Universidad ARCIS: Chile, s.f. Disponible en URL <www.philosophia.cl/Escuela de FilosofiaUniversidad ARCIS> [en línea: consultada abril 27 de 2011].
[3] En gramática tradicional el término proposición se utiliza para designar a una unidad sintáctica autosuficiente (frase simple) o a una unidad que tenga la misma estructura pero integrada en la frase compleja (donde la proposición principal rige a las proposiciones subordinadas). En el plano terminológico, el lexema enunciado reemplaza ventajosamente  a los términos frase y proposición.  Cf. Greimas, A.J. y Courtés, J. Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje. Madrid: Gredos, 1979. p. 324.
[4] Se entiende por enunciado toda magnitud provista de sentido, dependiente de la cadena hablada o del texto escrito, previo a cualquier análisis lingüístico o lógico. El enunciado es el estado resultante del acto que denominamos enunciación. Así definido, el enunciado comprende, con frecuencia, los elementos que remiten a la instancia de enunciación: estos son por una parte, los pronombres personales y posesivos, los adjetivos y adverbios apreciativos, los deícticos espaciales y temporales; y por otra parte los verbos performativos (marcas que ayudan a concebir y construir la instancia de la enunciación). Cf. Greimas y Courtés, op.cit. p. 146.
[5] El término designación se viene empleando como sinónimo de denotación o de referencia-indicando, en este caso, el establecimiento o la existencia de una relación entre el signo lingüístico y el mundo natural (o entre signos que dependen de dos semióticas diferentes) – y así  mismo para constatar una equivalencia entre dos unidades lingüísticas de dimensiones sintagmáticas diferentes o pertenecientes a niveles lingüísticos distintos. Ibíd.  p. 117.
[6] En la tradición saussureana, luego más elaborada por Hjelmslev, el término manifestación está integrado a la dicotomía  manifestación/inmanencia, para resaltar el de inmanencia. El principio de inmanencia, esencial para la lingüística y, por extensión, en su conjunto, para la semiótica, es a la vez el postulado que afirma la especificidad del objeto lingüístico constituido por la forma, y la exigencia metodológica que excluye cualquier recurso a los hechos extra-lingüísticos. La manifestación puede concebirse como un hacer-presente la forma en la sustancia. Presupone, como condición previa, la semiosis o acto semiótico que conjuga las dos formas de la expresión y del contenido antes, por así decirlo, de su realización material. Ibíd. P. 250. 
[7] Cf. Descartes, René. Meditaciones metafísicas, II, AT, IX.
[8] La significación puede designar ya sea el hacer (como un proceso), ya sea el estado (lo que es significado), revelándose así una concepción dinámica o estática de la teoría de base. Desde este punto de vista, la significación puede ser parafraseada como “producción del sentido” o como “sentido producido”. La significación puede definirse como el sentido articulado. Se dirá, entonces que la significación, por oposición al sentido, está siempre articulada, puesto que no es reconocible más que por segmentación y conmutación, sólo se le puede captar a través de las relaciones que la unidad aislada mantiene con otras unidades, o que su significación mantiene con otras significaciones disponibles para la misma unidad, independientemente sea su tamaño, como por ejemplo lo es el signo para Saussure o el discurso para Fontanille. Cf. Greimas y Courtés, op. cit. p. 373.
[9] Propiedad común a todas las semióticas, el concepto de sentido es indefinible. Hay dos posibles accesos al sentido: puede ser considerado como lo que permite las operaciones de paráfrasis o de transcodificación; o como lo que fundamenta la actividad humana en cuanto intencionalidad. Hjelmslev propone una definición operativa del sentido al identificarlo con la “materia” prima o con el “soporte” gracias al cual toda semiótica en cuanto forma se manifiesta. En este caso, asimilando el concepto de sentido al de materia; una y otra son empleadas al hablar de las dos manifestantes del plano de la expresión y del plano del contenido. Cf. Ibíd. P. 372.
[10] De acuerdo con Jacques Fontanille, el sentido es un efecto de dirección y de tensión, más o menos cognoscible, producido por un objeto, una práctica o una situación cualquiera. Es esa materia informa de la cual se ocupa la semiótica para organizar y hacer inteligible todo discurso a condición de estar sometida a una intencionalidad. Cf. Fontanille, Jacques. Semiótica del discurso, Lima: Fondo de desarrollo editorial, Universidad de Lima, 2001, pp.23.
[11] Sobre la diferencia estoica entre los incorporales y las representaciones racionales, compuestas de trazos corporales, Cf. Bréhier, Emile. La Théorie des incorporels dans l’ancien stoïcisme, Paris: Vrin, 1928, p.p. 16-18.
[12]  El stimuli o stimulus es la cara concreta del signo, lo que en la comunicación lo vuelve transmisible por el canal, en dirección de uno de nuestros cinco sentidos. Es el soporte activo del signo. Es por él que el sujeto entra en relación con el signo. Cf. Klinkerberg, Jean – Marie. Manual de semiótica general. Bogotá D.C.: Fundación Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, 2006. p.98.
[13] De significado.
[14]  Significación.


Bibliografía
  
Bordron, Jean François. “Transversalité du sens et sémiose discursive”. En: Essais et Savoirs. Juan Alonso A. et al., Saint-Denis: Presses Universitares de Vincennes, 2006.

Bréhier, Emile. La Théorie des incorporels dans l’ancien stoïcisme, Paris: Vrin, 1928.

Deleuze, Guille. La lógica del sentido. Traducción Miguel Morey, Chile: Universidad ARCIS, s.f. Disponible en URL <www.philosophia.cl/Escuela de FilosofiaUniversidad ARCIS> [en línea: consultada abril 27 de 2011].

Descartes, René. Meditaciones metafísicas, II, AT, IX.

Fontanille, Jacques. Semiótica del discurso, Lima: Fondo de desarrollo editorial, Universidad de Lima, 2001.

Greimas, A.J. y Courtés, J. Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, Madrid: Gredos, 1979.

Klinkenberg, Jean – Marie. Manual de semiótica general, Bogotá D.C.: Fundación Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, 2006.

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