sábado, 29 de octubre de 2011

¿Por qué a mi hijo no le gusta leer?

Erase una vez… un niño lector
En este texto invitamos a los padres a ser los primeros formadores de lectores.
Lucila Gualdrón de Aceros, Magíster en Educación-Investigación y Docencia Universitaria, Magíster en Estudios Semiológicos
Entre el nacimiento y los cuatro años
de edad ocurre el 50% del desarrollo 
intelectual y afectivo de los niños, 
que se fortalece con los abrazos
la conversación y la lectura.
Fundalectura

¿Por qué a mi hijo no le gusta leer? es una pregunta que escuchamos a diario; muchos padres están preocupados porque sus niños no aman a lectura y no crecen como lectores. Sin embargo parece conveniente cambiar la pregunta y decirnos: ¿Por qué a los niños les gusta leer? Tal vez esta historia nos ayude a comprenderlo:

Érase una vez un niño que leía desde el vientre materno muchos libros sin páginas, esos libros eran canciones infantiles, cuentos, arrurrús y juegos de palabras.




Y cuando nació ese niño, sus padres valoraron las palabras, sus ecos, su ritmo, su significado; y rodearon al niño de libros de imágenes, de poesía, de cuentos y relatos; hoja tras hoja, imagen tras imagen, el pequeño descubrió que los libros relataban historias y encontró en ellas voces, rostros, situaciones muy parecidas a lo que ocurría día a día en su entorno; pero sobre todo supo que detrás de ellas, en sus libros, en los relatos de sus padres, en el "había una vez"… había mucho más que palabras, mucho más que imágenes; había complicidad, asombro, ternura, confianza, conjuro para sus miedos. De ese mundo real, de la voz acariciadora de sus padres llegó al mundo de seres fantásticos, a un mundo en el que encontraba respuestas a muchas de las preguntas que surgían de su curiosidad infantil.


Así, creció lleno de voces, de palabras, de curiosidad, de seres amigos; y llegó un día a la escuela; para muchos la experiencia de las aulas que es la experiencia de la lectura resulta poco agradable; se apartan del placer de descifrar y poco apoco de la alegría del conocimiento. Sin embargo, nuestro niño llevaba el sentido vital de la lectura y este sentido le permitió incrementar el amor por lo nuevo, por lo desconocido; incrementar el mundo de experiencias mediante el desciframiento del código alfabético. Fue el resultado de padres que lo acompañaron en el viaje del conocimiento, sin delegar esta responsabilidad. Ellos le entregaron las claves para hacer de los libros sus verdaderos amigos, para desarrollar la curiosidad intelectual; fortalecer la autoestima, el afecto y la seguridad; abrieron un espacio para pasar sin traumatismos de la lectura de cuentos a la lectura propia de cada uno de los saberes que le proponía la escuela.


El niño de nuestro cuento llevó a la escuela su equipaje de lector y de escritor: el asombro, la capacidad de anticipación, la capacidad de confrontación y de duda, pero sobre todo el sentido de la lectura, como experiencia de vida, sin imposiciones, ni castigos, como acto creativo, acto de conocimiento y como acto estético. Este equipaje le abrió la puerta a nuevas herramientas necesarias para avanzar con éxito en la labor escolar, labor que según Cajiao consiste en: "fabricar los sueños del futuro y comenzar a construir paso a paso haciendo de cada niño un pequeño curioso. Un aprendiz de investigador en aquel campo que le atraiga con pasión" 


Este niño encontró y encontrará a lo largo de su vida motivos para leer y tal vez en la fase adulta cuando tenga que responder dilemas mayores, busque en sus recuerdos infantiles las voces, el sentido, las palabras con las que vencía sus temores; tal vez lea de nuevo el rostro de los padres y maestros que con sabiduría despertaban el amor por la lectura y con ello, lo preparaban para descubrir los grandes enigmas de la humanidad.

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