miércoles, 21 de mayo de 2008

Prolegómeno a una duda: música y palabra

Albert Joseph Moore. Alegoría de la pintura al arte de la música, 1868.

Por Henry Forero
Estudiante de la maestría en semiótica (línea de investigación literaria)
Universidad Industrial de Santander


…mi espíritu es un vago ritmo sin alegría,
sin amor y sin llanto…
Palpita con la noche, vibra con las estrellas,
y a la voz del silencio une su canto…

León de Greiff. Ritmos.

Alfonso Reyes -el Practicador venturoso- creía en la poesía como comunicación de misterio -experiencia pura-, y en no pocas ocasiones y páginas, advirtió sobre la temperatura musical de ciertas frases poéticas, señalando el espiritual valor fonético –rítmico- de las palabras.

Ya los antiguos, nuestros antiguos, habían asimilado la experiencia del ritmo con todo lo que se mueve, vive, sufre y se transforma, alcanzando aquella sensación que se siente y que hace recordar a esa cosa liviana, alada y sagrada que Platón llamaba poesía y que durante muchos siglos dio solución a la pregunta por la música. Así, la belleza rítmica se conjuró como expresión de armonía cósmica, poiesis única, donde los sentidos se avienen y los contrarios se consienten: creando el ente angélico acústico.

Borges creía en la existencia de un arte aún más inexplicable que el de la música porque contenía a la música misma, y entendió hallarlo en el arte de la palabra, y suponemos que se refería a las tañidas en la poesía.

Recuerdo haber leído a Tomás Vargas Osorio, que convincentemente presentaba versos de León de Greiff como experimentos de una fina sensación, como si se tratara de la ejecución de un trozo musical de múltiples instrumentos dialogantes entre sí. Algún texto de Germán Arciniegas describía su poesía como un diario íntimo lleno de señas, indicios, símbolos, secretos, despistes de música callada, escondida en sus cancioncillas, favilas, arietas, baladetas, rondeles y ritmos. Jorge Zalamea la postula como poesía engendrada por la música, parida por la acción de fantasmas que danzan sobre las páginas. Fernando Garavito iguala sus versos con lo que podría decirse con fagotes, tubas, pitos, violas o trombones. Y Germán Espinosa, refiere que para De Greiff, música y poesía son una sola Ella.

Al tiempo que consideraba estas reveladoras sugerencias, advertía una simultánea consonancia con los planteamientos de algunos firmes investigadores que como Greimas y Fontanille, encuentran en el ritmo una sorprendente forma significante atribuida a una fantástica percepción originaria, fundacional y anterior a toda comprensión intelectual. En otros, como Eero Taraste y Émile Benveniste, que inspirados en Ch. S. Peirce, tienden a enfatizar la importancia semiótica del ritmo en la textualidad. Y claro, en el mítico Heidegger, que sugiere la posibilidad óntica de expresar el lenguaje como discurso musical, como música que no sólo se escucha, sino que se siente, prefigurando una intencionalidad hermenéutica, como ir en cierta dirección, seguir un sentido, o algo así.

Tras esta casual pero legítima correspondencia, no pude más que eslabonar y aplicar unas conjeturas, pensando que, si la palabra puede ser una experiencia estética que a través de la poesía se transfigura en canto, si la poesía degreiffina deviene en musicalidad y, si el carácter sensible de la música en la poesía entraña una interrelación de múltiples significaciones, entonces, ¿Cómo significa la musicalidad del lenguaje de León de Greiff? , o mejor, ¿cómo se manifiesta el ritmo poético degreiffiano en la dimensión semiótica de la literatura?

Bueno, todo esto puede ser, una senda, un asomo; o un falso aire especulativo, que se deja presentir o indicar.

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