viernes, 23 de mayo de 2008

EL SENTIDO COMÚN

Elsa Sanguino: Sobre el olvido. Óleo sobre periódico y madera, 2007.


Por Horacio Rosales

Lo que nuestro entorno cultural nos ofrece cuando nacemos es un mundo que ya está hecho y que continúa construyéndose, de modo que uno de los desafíos que posee cada persona es la de hacer una lectura del mundo, acceder a su significado y participar en su preservación, de modo que cada uno de nosotros debe ser actor responsable de la continuidad de un proyecto social que, entre otras cosas, busca la calidad de vida. Cada entorno sociocultural posee una representación más o menos estereotipada de sí misma. Las definiciones de cómo es cada comunidad o cada cultura puede coincidir punto por punto con la realidad, pero también puede no tener fundamentos demostrables. Estas formas de hablar de la cultura de un grupo son proporcionadas por los miembros del mismo, quienes expresan su opinión sobre los acontecimientos, construyen relatos, establecen interacciones sociales en las que ponen en juego las normas de convivencia. Dicho de otro modo, cada cultura parece poseer lo que se denomina un ethos o una descripción particular y distintiva de la colectividad.



El origen de ese ethos es la vida cotidiana, el lugar donde cada persona construye una imagen de sí misma y lo hace en relación con ese mismo universo cultural al que pertenece. Este “estilo” cultural o de grupo tiene origen en el sentido común. Cuando se afirma, por ejemplo, que el español que se habla en Colombia es el mejor español del mundo, se está haciendo una afirmación de sentido común y una caracterización del colombiano con un ethos específico: el colombiano es “bienhablado”, “se expresa bien”, “respeta las normas gramaticales”, “no canta tanto cuando habla”.

Este sentido común, en apariencia tan convincente e indiscutible, es una lógica testaruda y práctica que le permite a la gente de una cultura o sociedad darle sentido a cada experiencia, a todo lo que sucede. Si una cultura, por ejemplo, cree en los espíritus, dará explicaciones espirituales y fantasmagóricas a la aparición o desaparición de los objetos, de la salud y la enfermedad, de los seres queridos, etc. Si una cultura se cree superior a otra por el color de la piel o por su historia, hará la guerra a quienes considera más débiles e irá, con cualquier pretexto, a apropiarse del mundo ajeno. Lo más curioso del sentido común es que en él prevalecen muchas lógicas que se entrecruzan, lo que se puede ejemplificar con las sociedades como la nuestra: existen médicos, pero se reza el mal de ojo, existen leyes, pero el honor se recupera con la venganza.

El sentido común, para el antropólogo Clifford Geertz [1], es importante en la vida de las sociedades porque permite caracterizar el funcionamiento de las interpretaciones cotidianas que sirven para resolver los problemas de la vida de los sujetos. Con la investigación del sentido común, puede, por ejemplo, comprenderse la existencia de ciertos saberes y de ciertos valores compartidos colectivamente. Este fenómeno es, además, una especie de “magma” de donde surgen las representaciones sociales, el contenido de las pintadas en los muros o los escritos murales (llamados grafitis), las opiniones que se escuchan en la calle, la interpretación de textos y el sentido dado a las mismas prácticas educativas.

El sentido común como sistema cultural

Geertz afirma que el sentido común, a pesar de su aspecto impreciso, es un sistema cultural de conexiones entre creencias y juicios de los cuales los sujetos no pueden escapar y sin el cual les es imposible afirmar cómo es el mundo en el que ellos existen. Este sistema de juicios y de emociones organiza al pensamiento especulativo y es todo aquello de lo que los sujetos echan mano de manera inmediata para explicar espontáneamente los fenómenos de la vida; por ejemplo: si hace mucho calor, va a temblar; si uno se ríe mucho, le puede suceder una desgracia, si alguien me ayuda a conseguir mi puesto de trabajo, le debo ser fiel, aún cuando esa persona haga trampas.

Como vemos, se trata del conocimiento ordinario cuyos contenidos abarcan las informaciones construidas y recibidas por los sujetos en su medio social. Este sentido común no responde siempre al rigor de una lógica como la científica; por el contrario, él tiene una lógica flexible, que se ajusta a cada necesidad y, al tiempo, es una lógica testaruda, que se empecina en interpretar las cosas de cierto modo y no de otro. Un ciudadano europeo se escandaliza cuando lee el escrito mural colombiano “Mate a un negro y reclame un yoyo”, mientras que el colombiano se ríe, sea porque comparte el sistema de exclusión que el escrito mural expresa, sea porque matar a alguien por un yoyo es una ironía cuyo sentido es muy complejo en una sociedad de tensiones producidas por efectos de la colonización y el mestizaje. El contenido de enunciados como estos no despierta juicios críticos por parte de los lectores colombianos y es por ello, tal vez, que los mismos mensajes aparecen de manera recurrente en diversos lugares de la ciudad.

Las manifestaciones del sentido común expresan, entonces, el modo de sentir de la colectividad, lo aceptable en términos de reglas de conducta y algunas de las estructuras para categorizar y entender el mundo. De este modo, el sentido común es una especie de gran repertorio cultural que legitima y afecta las acciones, los pensamientos y sentimientos de las personas. Igualmente, él permite ver unas cosas y otras no. Si analizamos críticamente las expresiones de nuestro sentido común, podremos constatar que muchas de las afirmaciones que repetimos constantemente no son sino fórmulas cuya veracidad es muy discutible.

Sentido común y discurso

Uno de los medios de expresión más eficaces y elocuentes del sentido común es el discurso. En éste, se organizan diversas capas significantes que pueden entrar en conflicto. Por un lado, puede hacerse referencia a un fenómeno de la realidad, pero la explicación de este acontecimiento puede estar cargada de una serie valores y de prejuicios determinados por un sistema de interpretación acrítico y asistemático. El sujeto, cuando habla, está sometido a muchas fuerzas que inciden en lo que dice y en cómo lo dice: las tensiones corporales, la organización del poder social, la pertenencia a grupos, las creencias, etc., participan en la construcción del discurso y de su significado. En este complejo juego de relaciones y de fuerzas que se debaten por ocupar un lugar privilegiado en la expresión del mensaje verbal, por ejemplo, aparecen los estereotipos y diversas figuras que corresponden al sentido común. Cuando el hablante hace uso de ellas, generalmente hace una práctica no planificada, de modo que el sentido común, con su lógica compleja y su sensibilidad particular, se manifiesta casi como una fuerza que escapa del control de quien habla. [2]

Al producir un discurso, tan fuertemente determinado por el sentido común, pareciera que el hablante perdiera toda la autonomía y toda autoría sobre aquello que dice y que no hace sino traslucir las convenciones y creencias sociales. Esto sucede, incluso, en el discurso académico y en el discurso científico, en el cual quien habla se adhiere a la voz de la autoridad o a lo que es comúnmente aceptado, de modo que la actitud crítica no separa totalmente al científico o al intelectual de los prejuicios y saberes tan fuertemente arraigados en la conciencia personal y colectiva.

Dicho esto, podemos calcular el gran peso que tienen los discursos de los profesores en el aula, sobre todo si se tiene presente que ellos, los educadores, son considerados autoridades intelectuales por parte otros docentes, de los estudiantes y por la comunidad entera. Este reconocimiento social y el sentido común legitiman lo que el maestro enseña y generalmente lo que él afirma no es cuestionado y se aprende. Pero mucho de lo que un profesor puede afirmar en el aula está marcado transversalmente por el sentido común. Ejemplo de esto son no sólo los enunciados lingüísticos como los conceptos, los valores expresados en el aula de clase, sino también los gestos y actitudes.

El sentido común no se refuta y es transparente, simple, literal, su contenido no se discute, no se niega, se caracteriza por la sobriedad y no por la sutileza de las elaboraciones explicativas y, muchas veces, el realismo y la imaginación no se excluyen. De este modo, Geertz caracteriza el sentido común como un fenómeno asistemático que asocia dominios y conceptos dispares, que consolida verdades sin cuestionarlas, que es esencialmente familiar y, por estas razones, sumamente poderoso y resistente a la razón crítica.

Estereotipos y el sentido común

Lingüísticamente, el sentido común se manifiesta, entre otros recursos, a través de estereotipos, de sentencias y proverbios. En cualquier escenario de formación de maestros de lengua, podemos encontrar manifestaciones de sentido común entretejidas con afirmaciones supuestamente científicas o propias de la autoridad académica del docente. En estas situaciones, las personas desvían la mirada de las preguntas críticas para apoyarse en una concepción del mundo según la cual todo debe permanecer como está y no de otro modo, especialmente cuando se presentan dudas o insuficiencias en el sistema de interpretación o sobre la información que se está tratando. Una frase típica en nuestra cultura educativa, para evitar desafiar al sentido común, es cuando se le dice al estudiante “eso es muy complejo para ustedes”, “mejor dejemos hasta aquí”, “eso no viene al caso”, “este asunto es muy engorroso” o simplemente “dejemos así”. Como dice Geertz, nos enfrentamos a la exasperante simplicidad de la sabiduría común, a las inferencias llenas de presunción [3] y, agreguemos, a una resistencia al trabajo intelectual.

Son muchos los operadores discursivos que presentan las afirmaciones del sentido común; generalmente se trata de espacios del lenguaje que se pueden analizar no sólo como representaciones del mundo más o menos precisas que reenvían a una actividad cognitiva de un sector de la sociedad, sino también como fenómenos de producción de significación [4]. Los estereotipos hacen parte de la competencia cultural de los sujetos y son estrategias de producción e interpretación de los discursos. Ellos tienen lugar en actos de enunciación individual y se estabilizan por su uso recurrente en la comunidad. Para los lingüistas y semiólogos no es difícil entender que estos usos individuales y sociales se sedimentan y pasan progresivamente a convertirse en una especie de memoria lingüística y cultural que cada hablante va a actualizar en actos de habla concretos, va a reiterar y a transformar [5]. Justamente esto explica en gran parte las dinámicas de transformación de las lenguas.

Los estereotipos, desde la perspectiva de la praxis enunciativa, son manifestaciones estabilizadas por las prácticas sociales de una comunidad, son rutinas de comportamiento, formas de escritura, convenciones que, sin embargo, no dejan de estar sometidas a continuas transformaciones [6]. Los estereotipos reúnen así un cierto número de características como son: la recurrencia, el carácter más o menos fijo, la ausencia de explicación de su origen (lo que se relaciona con la ausencia de un autor concreto a quien responsabilizar del estereotipo), la durabilidad en la conciencia de los hablantes, el empleo casi automático en las conversaciones y el carácter de “sirve para todo”, además de ser mediadores de valores morales y estéticos. Una cosa curiosa del empleo del estereotipo es que cuando se emplea parece que quien lo dijera estuviera enunciando una originalidad, algo nunca antes dicho.

Éric Landowski [7] afirma que en el dominio de las opiniones, el recurso a los estereotipos juega un rol esencial porque permiten dar a las creencias una forma discursiva, comunicable, intercambiable y defendible. Esto sucede, incluso, en las clases universitarias donde se forman profesores de lengua. Así, ¿cómo convencer a un profesor de español colombiano que el español de Colombia no es necesariamente el mejor hablado del mundo? Contradecir esto significa enredarse en un asunto de sentimientos patrios, de identidad nacional, significa poner en duda un asidero de la autoestima del colombiano y del profesor de español. Esto demuestra que los estereotipos y el sentido común hacen parte de la configuración de las motivaciones y actitudes de los sujetos de una cultura, como los profesores de todos los niveles del sistema educativo, pero también que el trabajo de reflexión sobre los pre-saberes que el profesor de español tiene sobre su propia lengua y sobre su propio oficio es de una complejidad y de una magnitud superior a la que se sospecha generalmente.

El sentido común como memoria y forma de organización del conocimiento

La investigadora francesa Marie-Anne Paveau, en su libro Les prédiscours: sens, mémoire et cognition [8], explica que en los usos sociales de la lengua, los sujetos poseemos una memoria discursiva, es decir, que toda producción verbal se inscribe en un trabajo de memoria y de olvido de la comunidad y de cada sujeto particular. Esta memoria, que es un dispositivo de cognición, determina el significado de nuestras palabras y expresiones, pero este significado está ligado, a mi juicio, al sentido común. De modo que cuando alguien habla, no sólo utiliza palabras con las que interviene en el mundo, sino que esas palabras están definidas por la manera en que la sociedad entiende el mundo, por una memoria que define cómo usar las expresiones y por una serie de dispositivos de cognición que están antes de la actividad discursiva, razón por la que se hace referencia a un pre-discurso. Para Paveau, los prediscursos son, en síntesis, saberes, creencias y prácticas socio-culturales que existen antes de ser puestas en el lenguaje, pero que expresadas con la palabra tienen una materialidad formal en el texto producido.

Los pre-discursos pre-organizan el discurso sobre el mundo y son, a mi modo de ver, esas partes del sentido común susceptibles de transformarse en lenguaje verbal. Al manifestarse en la lengua, adquieren materialidad, se pueden comunicar, son localizables, observables, determinan el sentido de las expresiones y pueden corresponder a figuras retóricas. Esta noción de pre-discurso que se encarna en el lenguaje verbal es muy interesante porque permite analizar el lenguaje no como una entidad aislada del entorno sociocultural y de los procesos de conocimiento humano, sino que abre unos fructíferos campos de investigación de esta relación, sobre todo cuando se quiere analizar la relación del lenguaje que utilizan las personas en el ejercicio de su profesión, como es el caso de los educadores.


Bibliografía

BERTRAND Denis. « Compte rendu de lecture de La parole littéraire de Jacques Geninasca » in Nouveaux Actes Sémiotiques, Pulim, n° 52-53-54, 1997.

FILLOLVéronique. « Le stéréotype comme cliché-concept et comme concept-clé en analyse du discours » in Actes du XXIème Colloque d’Albi : Langages et signification. Le stéréotype : usages, formes et stratégies, Toulouse 2000. Marges Linguistiques revue semestrielle électronique en Sciences du Langage. [En ligne] : Disponible sur<> (Page consulté le 13 mars 2006).

FONTANILLE Jacques. Soma et séma. Figures du corps. Paris : Maisonneuve & Larose, 2004.
GEERTZ Clifford. Conocimiento local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Barcelona : Paidós, 1994.

LANDOWSKI Eric. Présences de l’autre. Essais de socio-sémiotique II. Paris : Puff, 1997, p. 115.

PAVEAU, Marie-Anne. Les prédiscours. Sens, mémoire et cognition. Paris : Presses Sorbonne Nouvelle, 2006.

SEMPRINI Andrea. « Sujet, interaction, mondes : Le lieu commun comme deixis instituant» in Protée. Théories et pratiques sémiotiques, vol. 22, n° 2, primavera de 1994, p. 7-13.

Notas:
[1] GEERTZ Clifford. Conocimiento local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Barcelona : Paidós, 1994.



[2] Sobre este aspecto, confróntese, por ejemplo, el análisis del lapsus en el discurso en FONTANILLE Jacques. Soma et séma. Figures du corps. Paris : Maisonneuve & Larose, 2004.

[3] GEERTZ, op. cit.

[4] Semprini, Andrea. « Sujet, interaction, mondes : Le lieu commun comme deixis instituant» in Protée. Théories et pratiques sémiotiques, vol. 22, n° 2, primavera de 1994, p. 8 [7-13].

[5] BERTRAND Denis. « Compte rendu de lecture de La parole littéraire de Jacques Geninasca » in Nouveaux Actes Sémiotiques, Pulim, n° 52-53-54, 1997, p. 88.

[6] Fillol Véronique. « Le stéréotype comme cliché-concept et comme concept-clé en analyse du discours » in Actes du XXIème Colloque d’Albi : Langages et signification. Le stéréotype : usages, formes et stratégies, Toulouse 2000. Marges Linguistiques revue semestrielle électronique en Sciences du Langage. [En ligne] : Disponible sur<> (Page consulté le 13 mars 2006).

[7] LANDOWSKI Eric. Présences de l’autre. Essais de socio-sémiotique II. Paris : Puff, 1997, p. 115.

[8] PAVEAU, Marie-Anne. Les prédiscours. Sens, mémoire et cognition. Paris : Presses Sorbonne Nouvelle, 2006.

1 comentario:

Grupo Analítica dijo...

Hola:

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Atentamente,

Grupo Analítica

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