lunes, 24 de diciembre de 2007

LA NOCHE DE LOS INVISIBLES (crónica)

Paisaje urbano, por Arco Selas

Por BEATRIZ VANEGAS ATHÍAS, educadora y poeta; estudiante de la Maestría en semiótica (línea de investigación literaria)
No vender la plaza
Es una zona céntrica de Bucaramanga, y sin embargo esto no es obstáculo para que centenares de habitantes se encuentren para ser. Mientras los “normales” parquean sus carros con absoluta confianza en el restaurante, estadero o discoteca de su preferencia; a ellas y ellos les corresponde bajar del taxi dos cuadras más allá, o dos más acá de su destino final.
Empieza el merodeo en una esquina visible a todos. Luego, con la llegada de la noche y la afluencia de transeúntes inician un paulatino proceso de mimetización, que los lleva, con cara de yo no fui, a acercarse al bar anhelado.
Son las nueve pasadas de una noche en el fin del mes. Hay plata. Hubo quincena. Esto pinta bien. En cada entrada de los sitios a esta zona rosa, de una ciudad que aún conserva su estirpe parroquial, florecen entonces grupos, en una suerte de escudo humano que los protege mutuamente del ojo inquisidor. Es prioridad no “vender la plaza”.

Observo a un hombre calvo, corpulento, moreno. Viste jean y una exclusiva camiseta crema que pronuncia su trabajado cuerpo. Fuma con una ansiosa pausa y camina como aguardando a que la noche le dé permiso. Está situado frente a Egipto y de pronto su rostro sonríe y el cigarrillo es abandonado en el piso porque aparece él. Intercambian miradas y el calvo no habla, sólo escucha y mira atento a su interlocutor, que visto de cerca, reconozco como el serio cajero que días antes me atendió en un banco.
Luminosa oscuridad
La noche avanza y de a puñaditos, las parejas y grupos entran a la inofensiva y bien camuflada puerta del lugar. Dos porteros hermosos están prestos a cerrar la puerta una vez se entra. “Bienvenidas” o “Bienvenidos, hay cover a dos mil, cuatro mil y cinco mil”.
Se asciende por una empinada escalera de caracol y el olor a humo de la noche impregna la piel. Pararse en el final de la escalera y contemplar ese mundo de luminosa oscuridad, música cuyas canciones ya son himnos en ese mundo negado; pantalla gigantesca con Shakira, Marilyn Mason, Cher, Madonna o Talía, es un acto de verdadera catarsis.
Me ubico justo debajo del DJ. Voy hacia la barra y me proveo de dos botellas de agua con gas y allí en mitad de la pista, una de las mesas la alberga a ella. Se trata de una anciana a la cual no queda un fragmento de piel sin arruga. Permanece impávida al desquiciante pum pum de la música. Toma cerveza y mira sin asombro a sus vecinos travestis, a la pareja de cincuentones que no cesa de besarse; a la rubia hermosa cuyos labios no se desprenden del cuello de la mujer a quien da muestras de amar y que en su vida conoció la belleza. La anciana cuida la mesa con un fervor cuyo sentimiento no alcanzo a identificar y hasta ella llega un joven que la abraza por la espalda y le acaricia el pelo.
Suplicantes e indiferentes
Vuelvo a mi sitio que ya no existe. El lugar es un hervidero: he aquí el imperio de los besos, caricias y cánticos atravesados en la garganta y en el alma, por el día a día de represiones. Todo es posible aquí adentro, porque afuera es el reino de la prohibición. Pero esta surrealista anciana es el primer interrogante que la noche me plantea.
Ahora permanezco en el lado en el que se sitúan los hombres. No va a haber espectáculo central y es la oportunidad para que se muestren los bailarines aficionados. Ellos van a que los vean. Observo que la gran mayoría de parejas masculinas son hombres de edades entre los cuarenta y cincuenta. De bigote, guayabera, camisas a rayas, ni una pluma se les cae. Machos que llaman. ¿Cuántos habrán dejado en casa a sus hijos y mujer durmiendo?
De pronto suena “A quién le importa” y las gargantas parecen estallar: “A quién le importa/ lo que yo haga/ a quién le importa…El DJ acalla la canción y en el más coordinado karaoke, la multitud danzante continúa a capela: ..”lo que yo diga/ yo soy así/ y así viviré/ yo nunca cambiaré eeee” y todos caen en la nota.
Me dirijo hacia un lado donde el aire sea más transparente y de nuevo me encuentro a la anciana que permanece rodeada por cuatro jóvenes con quienes conversa, mientras la estridencia lo permite. Me siento arrastrada por tres mujeres que caminan tras la búsqueda de una mesa. Las sigo con la mirada y enseguida con los pies. Es un apretado río humano por el cual nado. Consigo situarme en una barra incrustada en la pared justo frente a la mesa donde están sentadas las tres mujeres que hasta allí me arrastraron. Es un trío del que bullen los más disímiles sentimientos.
Debido a la estrechez del lugar, mi pierna debe descansar sobre la silla de la chica de más baja estatura. Viste jean, correa, camisa debidamente encajada, chaqueta de cuero, una cachucha que en su visera soporta unas gafas baratas. Parece un muchachito. Sólo la mirada arrobada que nunca le quita a su vecina, deja ver un rostro tierno en el que se asoma la mujer que es. Es dueña de unas manos toscas: la diestra no se desprende de la cintura de la bella e intenta indagar con cautela en la cola de su amada. La siniestra, por su lado, se ocupa del vaso de ron.
La dueña del amor de este ser andrógino es una mujer alta, hermosamente maquillada, de jean descaderado, zapatillas, cabellos largos, negros y lisos, con una blusa de tiritas que deja ver unos pechos ni muy planos, ni muy pronunciados. Mira hacia la pista como miran los sordos. Nunca se percata de la insignificante que es feliz porque ella le permite acariciar su cadera. Se mueve sentada al ritmo de la música y su conversación es para la tercera mujer que parece ser la intermediaria.
Por cerca de dos horas ocurre el forcejeo de la súplica y la indiferencia. La suplicante paga a muy alto costo las pocas caricias, las tres piezas que puede bailar para disfrutar del abrazo de la bella indiferente. El ron sólo vence a la suplicante quien entonces se envalentona y con más ímpetu empieza a exigir una real recompensa a su inversión. Es aquí cuando entra en escena la tercera mujer, celestina curtida en el arte de dar y negar amor. Habla, gesticula, manotea, apacigua y saca a bailar a la suplicante quien cae en una extraña calma. La indiferente ha sido defendida y el negocio se ha concretado.
El dolor de las dos de la madrugada
En un remedo de amanecer las luces se encienden. Las máscaras empiezan a caer en los rostros ebrios y descorazonados. Suena una ranchera y un joven de mediana estatura y delgado permanece en una mesa con su oreja izquierda posada sobre el hombro de su pareja. El abrazo que se prodigan da la sensación de que es la última vez que volverán a verse. Muchas parejas no quieren descender por la escalera de caracol que los arrojará al reino de la farsa, de la otra vida, del otro ser que deben ser para poder sobrevivir. Otras parejas en cambio, bajan diez o quince minutos antes de encenderse la luz.
Recuerdo a la anciana y corro apresurada porque mientras apenas desciendo, ella ha cruzado el umbral hacia la calle. Ahora va con dos de los cuatro jóvenes con quienes compartió la noche y la algarabía. Afuera ya no se sabe quién es quién. Los taxistas aguardan y son poco locuaces con los seres que salen de “ése” sitio.
Sigo a la anciana y a sus acompañantes. Hablan sobre el lío que un travesti le provocó a uno de ellos. Sólo escucho la voz de ellos. De la anciana escucho susurros y manos palmoteando el hombro de los dos jóvenes. Hasta que uno de ellos le dice: “Pero mamá…” y el otro “No crea mamá, yo no le iba a parar bolas a ése travesti, se imagina el problemón con Jairo”.
Epílogo
De regreso a casa miro el cuello y las manos del taxista como un primerísimo plano. La ciudad que duerme y pasa por la ventanilla como una película. Siento que he salido del cine, sólo que el placer o la inquietud que me genera un buen filme, tiene el filtro de la ficción, aunque esté la vida ahí. Pero haber estado en allí no tiene ése consuelo. Allí es la vida del amor estéril y repudiado. Allí es el espacio-refugio para los seres desalados; para aquellos cuya felicidad nos parece intolerable, porque como dijo la escritora mexicana Ángeles Mastretta: “A la gente le cuesta trabajo soportar la felicidad. Y si la felicidad viene de lo que parece ser un acuerdo con otro, entonces simplemente no es soportable”.


Floridablanca, Santander, marzo 31 de 2007

11 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida nocturna en la ciudad es más complicada, pero esta crónica no dice mentiras y deberían aparecer mas cosas de estas.

fabio rey dijo...

hola soledad,
esperaba tu presencia

Juan guillermo Bueno dijo...

de noche todos los gatos son pardos

Delio rueda dijo...

-¿(...) Crees que el beber ayuda a la gente a escribir?
- No. Yo sólo soy un alcohólico que se hizo escritor para poder quedarme en la cama y seguir tomando.
Henry Chinasky

alonso caballero dijo...

La obra de Selas, me hace pensar en cuando tengo diarrea y cuando me fumo un porro.

el jefe dijo...

me van a coger de parche el blog????

Anónimo dijo...

yo creo que es un muy buen escrito merece un premio nacional o internacional. Siempre se lo he dicho a mi hija.
Felicitaciones mamita por triunfar en la capital

Anónimo dijo...

Alonso deje el rabo.

Anónimo dijo...

On s'est connus, on s'est reconnus,
On s'est perdus de vue, on s'est r'perdus d'vue
On s'est retrouvés, on s'est réchauffés
Puis on s'est séparés.

Miguel Fucos dijo...

porqué algunos profesores de filosofía de la uis dicen que la semiótica no sirve pa nada?????????

Anónimo dijo...

"Piedad, piedad para el que más ofenda"./Vulgaridad, vulgaridad me acosa. / Ah, me han comprado la ciudad y el hombre/ … / ¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena, / Me falta el aire y donde falta quedo, / Quisiera no entender, pero no puedo: / Es la vulgaridad que me envenena. /

“Frente al mar”, Alfonsina Storni